Cuentos cortos, mini cuentos, cuentos italianos, cuento

de Andrea Mucciolo


Amor dolor (Amore malore)

"Oh mi consorte adorada, pero qué quieres más, ¡¿la luna?!"
"Sí, ¡quiero la luna!" contestó Giada.
Así Ludovico subió al cielo y capturó la luna.
"Ah... ¡pero cuánto pesada estás!", exclamó mientras que la arrastraba abajo.
"¡Y déjame en paz!", contestó el satélite, "Tengo que alumbrar al cielo estrellado, si me lleves contigo, ¿quién lo hará? ¡Suéltame!"
"Callate luna, es para mi amada, de ahora en adelante sólo le iluminarás a ella". Ludovico por fin llegó a casa, cansado, agotado, y llamó a Giada.
"Mira Giada, ¡te he traído la luna!"
"Oh Ludovico, mi querido... ahora que la veo aquí, me doy cuenta de que es muy mala, y por nada luminosa, como yo creía cuando la miraba en el cielo... adiós Ludovico... me iré a alguien que me dé el sol...".
"¡Oh falsa ilusión del poeta!", prorrumpió Ludovico.

Y Ludovico se quedó solo, con la luna enfadada que no relucía.

Andrea Mucciolo

 

NO PODEMOS  (Non possiamo)



"Ánimo, no te pasará nada", repitió la mujer, tratando de convencer al hombre.
"No sé", contestó el hombre, más dudoso que antes.
"Me han asegurado que no nos pasará nada malo. Ya yo estoy mejor".
"¿Quién te ha tranquilizado?" le pidió el hombre.
"Un amigo", contestó la mujer.
"No podemos, ya lo sabes. Deja todo", declaró el hombre, tratando de dar a su tenor de voz una seguridad que le faltaba totalmente.
"¿Por qué tienes miedo? ¿No te fías de mí?"
"No es esto... No podemos y nada, no insistas", afirmó nuevamente el hombre.
"Te digo que es para nuestro bien, tenemos que hacerlo".
"No podemos, está prohibido, y tú lo sabes", precisó nuevamente el hombre.
"Ahora basta, si me quieres de verdad tienes que hacerlo, sino buscate otra pareja, ¡y te aseguro mi querido que será mucho más difícil que tú pueda encontrarla!", proclamó energicamente la mujer.
El hombre no contestó, y se quedó parado, reflexivo, concentrado acerca de las palabras de su mujer. No, nunca habría podido renunciar a esa mujer, aunque todavía nunca la hubiera visto.
"Está bien, lo haré", aseguró el hombre, entre muchas inquietudes.
"Muy bien cariño", dijo la mujer sonriendo.
El hombre, con ambas la manos que temblaban, lentamente, cogió la manzana por las manos de la mujer y la mordió.
Y desde ese momento, empezó la caída de la humanidad.

Andrea Mucciolo